Autor: Actriz Anacrónica
Martes 14.05.2013 / 03:38 pm
Muchos de esos sueños inviables o irreales son el producto de falsas expectativas, todos pasamos por esa etapa. Todos. Todos, por ejemplo, crecimos soñando con un señor llamado Papá Noel que venía en diciembre a obsequiarnos regalos a cuenta de nada. Vimos ese sueño derrumbarse cuando, escondiéndonos para pillar al ilustre benefactor in fraganti poniendo los regalos, descubrimos que era idéntico, idéntico, idéntico, a nuestro papá, pero sin la larga barba blanca ni el vestido rojo –la barriga muy parecida, eso sí–.
En la adolescencia, no sé por qué ni a causa de qué, todos comenzamos a forjar en nuestras cabecitas la imagen de lo que será el amor de nuestra vida. Los hombres, soñamos con “la mujer perfecta”, una re-mamacita, re-bacana, re-inteligente, re-buena, re-divertida y re-espectacular en todo todito todo.
Las mujeres por su parte comienzan a soñar con “el Príncipe Azul” –que es igual a “la mujer perfecta” de los hombres pero en versión 2.0, es decir en “modelo optimizado”–. Y es ahí cuando comienza Cristo a padecer, o mejor dicho las mujeres a padecer. Llega el primer novio, que generalmente es “bonito y buena gente”, y el idilio dura un tiempo hasta que aparece el “papacito”, que es mucho, pero mucho, más bonito que el noviecito, y te hace “caer en cuenta” que ese noviecito “bonito y buena gente” es realmente un “bobito de tiempo completo”, y entonces lo cambias por el “papacito”. Poco tiempo después –casi al otro día–, descubres que el “papacito” es realmente un “bobazo” en el cuerpo de un “petardo” y llega la primera desilusión, pero el sueño de que aparezca el Príncipe Azul sigue intacto.
Y al poco tiempo, aparece. Exactamente como lo soñaste, y con todos los juguetes, es decir con casa, carro, finca y un contrato con la alcaldía. La vida no puede ser más maravillosa contigo, tienes al hombre perfecto. Estás más que hecha. Y entonces haces lo debido: te casas con él. Y es ahí cuando descubres que el Príncipe Azul no es tan príncipe ni tan azul.
Resulta que “el señor ese” –que ya no es más “el Príncipe Azul”– tiene vicios y defectos, y además tiene amigos y mamá –que también pueden ser defectos–, y comienza a morirse la ilusión. Pasa el tiempo y el “desgraciado ese” –que ya no es más ni “el Príncipe Azul” ni “el señor ese”–, no te dedica todo el tiempo que te dedicaba antes, ni es tan amoroso contigo como lo era en un principio, ni mueve un dedo en la casa como había prometido hacerlo. Y qué desilusión tan grande.
Sigue pasando el tiempo, y ya el “hijue$#)/¡[% ése” –que ya no es ni “el Príncipe Azul”, ni “el señor ese”, ni “el desgraciado ese”–, no es ni la sombra del hombre con el que una vez soñaste, y ahí se esfuma por completo toda la ilusión –y el noviecito bonito y buena gente que una vez tuviste, comienza a parecérsete al verdadero Príncipe Azul–.
¡¿Qué pasó con tu Príncipe?! Varias cosas. Para comenzar, los Príncipes Azules no existen –aunque hay unos poquitos que nos asemejamos un resto–. Creaste falsas expectativas, y como consecuencia la desilusión no puede ser mayor. ¿Qué hacer para que esto no suceda y te evites una decepción de proporciones apoteósicas? Poner los pies en el piso. No hacerte falsas expectativas, ni soñar con hombres irreales, ni relaciones quiméricas, entre más rápido aprendas esta lección, más rápido podrás alcanzar la felicidad –y menos divorcios tendrás que acarrear–.
Las opiniones expresadas en la Revista ALO y ALOmujeres pertenecen exclusivamente a los autores. Este es un espacio de opinión para blogueros y columnistas.
Este artículo hace parte de la edición de la Revista Aló del 07 de SEPTIEMBRE de 2012.
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