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Mujer, casos de la vida real

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Por: Soltérica Ibérica Miércoles 22.06.2011 / 03:29 am
Mujer, casos de la vida realMujer, casos de la vida real

Foto: Roy Lichtenstein. Ohhh Alright.

La doble moral me encrespa, me carga, me cabrea, me amarga la existencia. Ya sé que debería acostumbrarme porque el mundo es como es y no como uno quiere que sea, pero qué hacemos. Soy una idealista. Quisiera empezar una campaña nacional, o mundial, por qué no, contra la doble moral. El lema sería algo así como "no hagas el oso, mírate al espejo antes de hablar". Vale, vale, que lo del copy no es lo mío, reconozco mis debilidades (¿ven? predicando con el ejemplo, mirándome al espejo antes de embarrarla).


Hoy me pasó una cosa que todavía me tiene alucinada, pero antes de empezar les hago, en palabras de mi profesora de sociales del colegio,  el “marco histórico”. Como diría la canción de Sabina, pongamos que hablo de Madrid. Y pongamos que hablo de un personaje de esos que son absolutamente perfectos en papel, pero que a uno sencillamente no le gustan. Yo salí un par de veces con el tipo en plan romántico y no, definitivamente no se logró. Le dije que gracias pero no gracias y fui absolutamente sincera. Mis palabras fueron algo por el estilo de "sí me gustas, pero no lo suficiente". Así, brutal, sin anestesia, pero es que al final de cuentas es lo mejor. El caso es que el tipo siguió insistiendo e insistiendo. Me regaló un perfume egipcio, un tamborcito del Tibet, me mandaba poemas a horas insólitas por mail. Yo aproveché mis súper poderes para el bien  (el Hombre Araña me enseñó que "el gran poder conlleva una gran responsabilidad") y cuando me preguntó qué quería de cumpleaños le dije que donara plata para los damnificados del invierno en Colombia. De vez en cuando salíamos, pero nunca en plan romántico. Yo tenía que programar mi piloto automático antes de tomarme la primera copa para no embarrarla, porque nada más culo que una vieja incoherente. Hablábamos todos los días, y yo cada vez que podía le decía que me encantaba ser su amiga, la verdad es que el tipo era chévere.

En una época cogió la maña de salir de rumba y cuando ya estaba reventado de la borrachera (pongamos que hablo de las 7 a.m.) me escribía por Blackberry, y como a esa hora yo dormía plácidamente, se agarraba al teléfono hasta que me despertaba. Yo atinaba a balbucear dos palabras en arameo avanzado y el tipo me decía que dónde estaba, que si podía ir a mi casa, que sólo quería dormir conmigo. Las tres primera llamadas yo decía algo sobre las líneas de "mmmmm nommmmm estomuuuuuu dormidammmmmmmm" y colgaba. A la quinta llamada de madrugada (sí, en Madrid las 7 a.m. es la madrugada, no la mañana) ya empecé a desesperarme. La línea que divide a un tipo insistente de un acosador sicópata es delgadita... bien delgadita. Intenté por las buenas, le dije que no contestar el Blackberry Messenger era un indicio lo suficientemente diciente de que o estaba dormida o estaba ocupada, que llamándome no conseguía sino importunarme (así soy de diplomática, usé el verbo importunar). El tipo pedía disculpas pero el viernes siguiente volvía a llamar. Una vez me quedé a dormir donde unos amigos que viven en un apartamento chiquitín y cuando el susodicho hizo la llamada de rigor al alba*, no sólo me despertó a mí, se despertaron mis amigos y todos los vecinos de la calle Atocha. Ese día adquirí la sana costumbre de dormir con el teléfono apagado.

Un buen día (casi seis meses después) el personaje en cuestión se aburrió y dejó de llamarme. ¡Aleluya!, pensé yo. El problema fue que con las llamadas de borrachera desaparecieron también las conversaciones de media tarde, y yo empecé a extrañar a mi amigo. Insistí un par de veces en que quería seguir siendo su amiga y él me dijo que sí, que no pasaba nada, pero nunca me hablaba, y sólo me contestaba el chat con monosílabos.

El viernes pasado salí con unas amigas. A las 5 a.m. nos cerraron el bar y nos quedamos con ganas de fiesta. Qué hacemos, a quién llamamos, quién estará por ahí callejeando todavía. “¡Ya sé!” dijo el Johnny Walker titiritero que controla los hilos de mi vida los viernes por la noche. “Le voy a escribir a este  tipo, que siempre está de fiesta”. Mi mensaje no pudo ser más inocente "Hola, ¿qué haces, estás de fiesta?". No hubo respuesta. Normal. Yo no insistí. Tengo suficiente sentido común para saber que lo excepcional sería que me contestara a esas horas. No soy ninguna sicópata y no llamé. Decidí que era una señal divina y me fui a mi casa a dormir.

Hoy el tipo me habla por el chat. La conversación que copio y pego a continuación es real, lo juro por las gafas Chanel de mi amiga María (y todo el mundo sabe que uno no jura en vano por Chanel).

- Imbécil: ¡Hola!
 
- Yo (triple imbécil): ¡Hola! (y aquí mi cerebro de pollo pensó: ¡lo logré, volvimos a ser amigos!)

- Imbécil: Oye ¿te puedo pedir una cosilla? (Sí, el man dice cosilla, a lo Flanders, uno de los motivos por los que nunca terminó de convencerme.)

- Yo: Sí obvio, pide (¿Si ven? tan amigos que hasta hay confianza otra vez para que me pida cosas)

- Imbécil: Es que llevo un par de meses con una chica... y el sábado se quedó un poco así cuando oyó el messenger y le dije que era una amiga... (¿Coooooomo? a ver, tu messenger no SUENA, y a lo mejor tu chica se rayó porque le dijiste que alguna vez fuimos algo, lo cual no es cierto.)

- Yo: Ah, sorry (Inhala, exhala… Voy a tener que contar hasta mil para que se me pase esta ira.)

- Imbécil: Si bueno, no pasa nada, solo que no me parece adecuado que me escribas a esa hora. Encima porque tengo que dar explicaciones, ¿sabes? me parece un poco irrespetuoso con mi chica (Supongo que la novia sí se ha ganado a pulso el respeto de no ser despertada en la mitad de la noche, respeto que por lo visto yo no le merecía)

- Yo: Tranqui (¿lo mato o me mato?)


Entonces, recapitulemos: Tú sí me puedes llamar a mí a las 7 a.m. e insistir hasta que contesto el teléfono. Puedes llamar a decirme que quieres dormir conmigo, que quieres ir a mi casa, y eso está OK. Pero yo no puedo poner un mensaje buscando fiesta a las 5 a.m. cuando se supone que somos amigos. Y no me voy a tomar el trabajo de explicar en cuántos niveles un mensaje es mil veces menos invasivo que una llamada (y ya no digamos que quince llamadas), pero encima resulta que como todas esas madrugadas yo estaba en mi cama sola con mi gato no pasa nada, pero la ventiúnica vez que yo aparezco tú estás con tu chica entonces eso esta mal.

Me dan unas ganas locas de poner el teléfono del tipo en Internet y pedirle a todo el mundo que lo llame a las 7 a.m., a ver como le queda el ojo. Pero no, no lo quiero importunar, así que mejor lo escribo en mi blog.

@Solterica

* Con amor para mi amiga Tatiana, a quien le ofende profundamente que yo use la expresión “al alba”.

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