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El pelo de tusa y otras malas decisiones.

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Por: Ana Correa Domingo 17.07.2011 / 06:51 pm
El pelo de tusa y otras malas decisiones.El pelo de tusa y otras malas decisiones.

Foto: Ana Correa.
Este no es el fin, es el comienzo. Hoy es el primer día del resto de tu vida. Vas a ser una mejor persona después de esto. Este es el tipo de cosas que me digo mientras me miro al espejo después de una ruptura amorosa. Tratando de reconocer en el espejo a la persona fuerte y segura que entró a esa relación, y no la derrotada y frágil que salió, me digo que tengo que recuperarla, esa que era yo antes de entregarle todo mi tiempo, toda mi vida, todos mis espacios al hijo de p*ta que me rompió el corazón. Voy a ser la yo de antes, pero mejor. Una más fuerte. Yo mejorada. 

Para celebrar esta maravillosa revelación, este empoderante reencuentro conmigo misma, decido consentirme con una ida a la peluquería. Me voy a regalar un corte de pelo que le rinda honor a mi nueva yo. La manifestación externa de este cambio interno. Algo dramático que simbolice este retomar las riendas de la vida mía.
Lo hago cada vez que termino una relación, y el resultado siempre es el mismo: una desgracia. Es un hecho: el pelo de tusa siempre termina en desastre.

Mi amiga Luisa me lo advirtió. Aunque renunciar a mi trabajo y empezar una nueva carrera, mudarme de casa o de ciudad para escapar al dolor parecieran buenas ideas, no lo eran. El dolor me seguiría a donde fuera hasta que lo enfrentara. El tiempo que le sigue a una ruptura es uno de gran vulnerabilidad, según Luisa en la estabilidad encontraría mi sosiego. Era importante evitar cualquier cambio drástico durante un periodo de tiempo prudente.

Sin embargo y contra sus advertencias, decidí cortarme el pelo (también me cambié de casa y renuncié a mi trabajo).
Craso error.
Perdí algo como 30 centímetros de pelo y 6 años de edad. Lo odié al principio. Salí de la peluquería con una capucha que no me quité en 3 días. Al tercer día me levanté por la mañana, me miré en el espejo y lloré. Lloré durante 2 horas seguidas. No lloré por mi pelo, lloré por mi corazón roto.
Después de recuperar el aliento, me volví a mirar en el espejo, y me dije que sólo era pelo, que al final me volvería a crecer, y que de todas maneras, nada me podía hacer sentir peor de lo que ya me sentía. Me limpié las lágrimas y salí a la calle sin capucha. Caminé con orgullo, decidí que mi nueva yo era tan fuerte y tan segura de si misma, que era capaz de sentirse bonita aún con un corte de pelo inmundo. Qué mejor manera de portar mi fuerza recuperada.
(Por lo menos no fue un tatuaje). 

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