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Como una princesa

Por: Natalia Carrizosa Domingo 15.05.2011 / 07:25 pm
Como una princesaComo una princesa

Foto: Natalia Carrizosa

La niña de la foto con el vestido esponjoso marca Barbie no es una ilustración de la mala educación de los hijos de la farándula. No es el producto del mal gusto y machismo de unos padres deseosos de hacer de su hembrita una princesa, ni el resultado de la mediatización de nuestra cultura. Esta es Amalia, mi hija, una niña fuerte que sabe lo que le gusta (el rosado, el fucsia, el lila, jugar a los bebés y a hacer oficio y trastear un celular de juguete dentro de una carterita). La niña de la foto comienza a tomar algunas de sus propias decisiones y no quiere quitarse ese vestido inmundo que le regaló la alcahueta de su abuela.

De niña yo aborrecía las barbies y prefería cazar sapos en los vallados de la finca con mi primo. Aunque Amalia prefiere jugar al castillo de la reina y el bebé princesa, me siento orgullosa del progreso que la foto representa.

Comenzó a finales de diciembre. Recibimos una nota en la que la profesora nos contaba que nuestros hijos estaban aprendiendo en el kínder a quitarse y ponerse los zapatos, las chaquetas y los delantales de pintura solos. Nos pedía que intentáramos continuar con el aprendizaje en casa para que fueran cada vez más autónomos con su ropa.

Me pareció una excelente idea. Ya me imaginaba durmiendo media hora más cada día. Al salir de la ducha encontraría a mi hija vestida y con la maleta en la espalda, lista para salir a tomar el bus. En las noches podría decirle “Ve a ponerte el pijama (sí, en mi imaginación me permito esnobismos como decir “el pijama” con el y jota carraspeada) y me avisas cuando estés en la cama para el cuento” . Me veía con una bata de seda y un whisky en la mano junto a la chimenea, relajándome junto a mi marido como una de esas esposas trofeo de las series noventeras de Aaron Spelling.

No va a ser difícil, pensé, pues desde hace más de seis meses Amalia está pasando por la fase de ”Yo solita, mamá”. Por la noche le dije “hoy vas a ponerte la piyama solita, como una grande” (en la vida real el pijama no me salió y tampoco teníamos whisky en la casa). Amalia corrió escaleras arriba y al rato volvió emocionada a mostrarme cómo se había empiyamado. La felicité mucho. Pero cuando volvíamos a su cuarto me di cuenta de que había ido dejando un camino de prendas desde la escalera hasta la puerta y de que había botado la mitad de la ropa del closet al halar la piyama.

Le dije que íbamos a aprender a diferenciar la ropa sucia –que lanzaríamos como basquetbolistas a la canasta– de la limpia –que iba a enseñarle a doblar–. El juego le encantó. Incluso sacó su adorada plancha de juguete para que la ropa le quedara bien aplanada. El único problema fue que, como con casi todos los aprendizajes de los niños, debí invertir mucho más tiempo y trabajo que si ella no hubiera hecho nada “solita”.

Fue a la mañana siguiente que las cosas amenazaron con complicarse realmente. La libre-vestidora estaba tan encantada con sus nuevas habilidades que se levantó, botó la piyama limpia como basquetbolista a la canasta y fue directo al clóset: “Yo escojo solita, mamá”. Y claro, quería ponerse un vestido de verano de flores lilas para salir a la nieve. “Pero mi amor, está haciendo frío, bla bla bla...” Total, empezamos el primer día de mi nueva vida relajada con una rutina de pataleta, explicación de límites bajándome al nivel de los ojos de la niña descontrolada, contada hasta tres para darle la oportunidad de calmarse e ida al rincón.

La hora de vestirse se convertió durante un par de días en un momento tenso que requería de largas negociaciones para equilibrar la justa medida de autonomía que podía permitirle. Finalmente Amalia entendió que no podía ponerse ciertas faldas vaporosas para salir afuera, pero yo terminé aceptando que las usara al regresar dentro de la casa o encima de tights gruesos y con sacos de lana. Fue entonces que empezaron sus rutinas de varios cambios de ropa diarios (la ropa del colegio, la de la casa, la de bailar, la de disfrazarse y las sucesivas sesiones de ordenamiento de clóset). Practicaba realmente mucho las habilidades que la profesora quería que reforzáramos.

Hasta aquí las cosas eran manejables y la única molestia era aguantar los comentarios amable-agresivos de las otras mamás de la parada del bus: “Ay, pero tu mamá sólo te viste con vestidos”, “¿Otra vez de rosado?” ,“Estás muy linda, pero no tienes frío, chiquita?”.

Cometí el error de comentar el asunto de las preferencias de princesita de Amalia con mi mamá. Me preocupaba no estar haciendo lo posible por estimular en mi hija un comportamiento más aventurero, independiente, fuerte y con todos esos otros valores importantes que se asocian tradicionalmente al género masculino.

A mi mamá, en cambio, que es muy independiente pero que siempre lamentó haber tenido unas hijas tan “gaminas”, la charla le dio una maravillosa idea de regalo de navidad, un regalo que llenaría a mi hija de una felicidad aún mayor que la plancha que le había dado el año pasado.

El vestido venía con una corona llena de brillantes y unas sandalias de tacón transparentes. Mi mamá no podía evitar una risa maliciosa a medida que Amalia rompía el paquete y gritaba de júbilo. Yo miraba a mi mamá furiosa, y esto le daba más risa. Durante todas las vacaciones la niña sólo quería vestirse con el vestido de princesa y alcancé a imaginarla llegando a la parada del bus así. Por eso desde el principio le explicamos que el vestido era sólo para jugar en la casa y que de ningún modo podía usarlo para el colegio. Afortunadamente entendió y es el vestido que se pone para jugar todos los días al llegar del kínder, antes del baño y la piyama.

A la niña de la foto no le importa en lo más mínimo que sus gustos no sean los mismos que los de su mamá. Está segura de que se ve linda y posa orgullosa. La niña de la foto estuvo afuera ese día y tenía puesto un pantalón limpio que al llegar dobló y guardó en su clóset. La niña de la foto tomó un banco, bajó un gancho y se puso un vestido con cerradura en la espalda sin ayuda de nadie. La niña de la foto argumentó, cedió en su posición inicial y reconoció unas reglas que aprendió a seguir porque le parecieron lógicas y justas. La niña de la foto tiene tres años y ya sabe hacer muchas cosas que las princesas nunca aprenden.
 

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