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Cada tribu tiene sus partos

Por: Natalia Carrizosa Viernes 27.05.2011 / 05:49 pm
Cada tribu tiene sus partosCada tribu tiene sus partos

Dos jóvenes embarazadas se encuentran en un bus que une Croix Rousse, un barrio bohemio y de clase alta de la ciudad francesa de Lyon con uno de sus suburbios. No se conocen pero al mirarse se dan cuenta de que son iguales. Ninguna de las dos está maquillada, las dos cargan una novela.  Una de ellas lleva un vestido tibetano  y la otra una mochila de una sierra nevada colombiana. Entienden al mismo tiempo que la otra también se dirige a la maternidad de Givors, que sigue algunas de las ideas del doctor Michel Odent, Uno de los pioneros mundiales del parto natural.

Es que en Francia ha vuelto esta tendencia de los sesenta. Partos con acompañamiento del cónyuge o una partera, Luz tenue, bolas suizas, posiciones intuitivas, ninguna dirección para pujar, tina, sofrología, yoga, nada de epidural ni oxitocina obligada, contacto inmediato piel a piel madre-hijo. Partos en donde se limitan las cesáreas, la episiotomía y el monitoreo y si no hay complicaciones, se evitan métodos como la aspiración de las vías respiratorias del bebé, que en otros hospitales son regla.

Yo tuve lo que ahora he aprendido que se conoce como un parto ortodoxo, medicalizado, asistido, e invasivo. Mi hija no se volteó, así que el doctor Cáceres, un reconocido obstetra de la Fundación Médica de los Andes en Bogotá, programó una cesárea. También hubiera sido invasivo y medicalizado aunque hubiera tenido a mi hija por “vía natural”, pues la episiotomía se practicaba en la clínica sistemáticamente, así como la epidural.

Había leído muchos libros sobre maternidad escritos en el primer mundo y me sentía frustrada de saber que existían tantas posibilidades que en Colombia no me proponían. Me molestaba que no me hablaran de los riesgos de la Epidural para el bebé o de la existencia de un debate sobre la utilidad de la episiotomía. Pero yo confiaba en mi médico y nunca hubiera sido capaz de visitar al Taita que me recomendaba una amiga Nueva Era. Finalmente, la cesárea que me programó el doctor Cáceres después de su juego de golf, me pareció mucho más sensata que una toma de  yagé con toque de flauta amazónica para voltear al feto.

Todas las mamás hemos sentido cierta presión por ser lo más responsables posibles frente a la vida de nuestro bebé. Todos a nuestro alrededor nos hacen sentir que cualquier deseo egoísta debe dejarse atrás. Y dudamos de nuestro instinto cuando las personas de nuestro entorno con más experiencia lo cuestionan. Escoger el parto natural podría verse como una rebelión valerosa. Una rebelión feminista de reapropiación del cuerpo o una rebelión ecolo-anti-capitalista contra de la industrialización de la gestación.  

Pero lo molesto es que en muchos casos el parto natural es un rito de entrada a la tribu urbana en la que las tímidas rebeldes desean fundirse y perder toda individualidad.  Sus partos, no son gritos de rebeldía sino el último grito de la moda. Son, como los logos de los productos biológicos que prefieren, que dicen de ellas: “tengo conciencia ambiental, “soy cosmopolita”,  “he incorporado saberes ancestrales de culturas primitivas”.

Sus partos son una proeza de la que podrán extraer enseñanzas profundas incomunicables, y presumir de ella en Facebook.

-¿Y tu? ¿sin epidural? -dice la que estuvo en el Tibet.
-Sin epidural -confirma la de Latinoamérica.
-Y vas a tener una doula?
-No, mi marido va a asistirme.
- Sii... yo también. Es mejor para el bebé...  -murmura la del Tibet,  decepcionada de no tener nada contra qué arremeter. - ¿Pañales lavables? -agrega finalmente.
- No, eso sí no creo. -dice la latinoamericana, visiblemente avergonzada de su pereza.
- Yo sí, -dice la otra triunfal. -Siempre he dicho que cuando uno cree en algo hay que ir hasta las últimas concecuencias.

Al oírlas pienso que el discurso del bienestar del bebé sigue siendo la excusa para presumir, para sentirse superiores y más responsables que las que no siguen las reglas de su clan. A pesar del malestar que sentí con respecto a algunos aspectos de mi parto, me indigno cuando escucho las historias de mujeres que intentaron un parto natural y que cuando después de diez horas de contracciones se desmoronaron y pidieron a gritos drogas, tuvieron que enfrentar la presión de las enfermeras que trataban de disuadirlas:

-¿Está segura? Sería una lástima después de haber llegado hasta aquí...

 Me da rabia oír ese sentimiento de fracaso de las mujeres que “se dieron por vencidas” o de orgullo de las que “lo lograron hasta el final”.  Entonces me ufano yo también con la primera bobada que se me ocurre:

-Te dolió? Yo en cambio no sentí nada. Duró sólo una hora. Y la epidural, no sabes... Lo máximo. La mejor droga recreativa. Y como es legal, toca aprovechar. Y mira, la cicatriz no se ve. Un genio, mi médico.

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